Aquí vamos de nuevo, con el pesimismo de costumbre y la inútil decisión de descargarlo en un espacio como éste.
Hoy viajé siete horas en bus. Aqueroso. Más aún cuando lo que estaba dejando atrás eran los recuerdos de unos seis días tan brillantes como el sol, y lo que se veía a lo lejos era un sometimiento que me sonaba a truenos y relámpagos, a olas que traían rocas.
Odio escribir así, a veces siento que ni siquiera es lo que siento, y que acumulo palabras y frases rebuscadas con el sólo fín de dármelas de alguien quizás con un poco más de instinto poeta. Poeta al peo, por supuesto, es de la única forma que me puedo llamar.
Pasaron tantas cosas. En realidad no sé si tantas, pero en este instante pienso que este viaje algo cambió en mí, no sé realmente qué, pero puedo decir que fumarme un caño es lo que realmente necesito ahora para explayarme y gritar al mundo que el olor de cualquier cosa que de ahora en adelante huela, es el opuesto al que sentía hace seis días oliendo esa misma esencia.
Hace un rato hablaba con Carlos.
C: cómo estai?
P: no sé, me siento como mal.
C: por qué?
P: no sé. nunca te has sentido mal porque sí no más?
C: sí. no has escuchado música triste hoy por casualidad?
P: no.
C: extrañas a alguien?
P: no.
Mentí. Extraño mucho a un tal S, pero da igual. Siempre quedo como la tonta después de todo, quizás no ante al mundo pero ante mí sí. Ese tal S fue lo mejor de mi viaje, aunque me haya hecho trizas.
Mentí. Hoy ha sido el día de todo el año en que más he escuchado música triste, pero no hace que el día haya sido como fue.
Me dio sueño y voy a dormir, esperando mañana despertar sobre hojas de otoño y cantando con la Carol esa canción de la nombrada estación.




